Cuenta la leyenda que existe una ventana de cristal, con las cortinas cerradas, por donde se cuela la suficiente luz como para alumbrar unos guantes de boxeo que descansan en una esquina. Al otro lado, unos patines de cuatro ruedas esperan debajo de una silla, iluminados por el mismo sol. Separados por kilómetros, años e incluso dimensiones, ambos lugares coinciden en un punto del espacio-tiempo donde se solapan, se mezclan y se grapan: la ventana. Como todas las ventanas, ésta solo se abre de par en par en verano, concretamente en el mes de Agosto, cuando más calor hace, y solo durante unos días.
A cada lado de la famosa ventana viven dos antiguos conocidos que un día decidieron que el cristal era lo suficientemente duro como para separarlos. Ellos hacen su vida durante los meses de frío, castañas y copos de nieve; pero no olvidan ventilar cada día abriendo una rendija la ventana. Cada uno coge las riendas de su vida, y hacen lo correcto, ellos siempre hacen lo correcto.
Pero de vez en cuando, con bastante frecuencia, quizá varias veces al día, apartan un poco la cortina y se asoman. No para ver lo que está haciendo el otro, sino para asegurarse de que está bien, de que nada le perturba el sueño, de que le acarician las manos correctas, de que las grapas que sujetan las costuras de sus sentimientos se mantienen fuertes... y vuelven a cerrar la cortina para que no entre demasiada luz.
Cuando ella se asoma, deja sus huellas dactilares en el frío vidrio, y así el sabe que ella ha estado allí. Cuando él pega su nariz contra el cristal y la intuye a contraluz, se aparta rápidamente para no dejar su sombra grabada en las paredes ajenas. Pero ella ya ha visto su silueta reflejada en la esquina del fondo, y el ya ha respirado el olor de las yemas de sus dedos. Otras veces es un pelo rubio que cruza la ventana llevado por el viento, otras es un post-it verde con un mensaje en clave el que surca los cielos convertido en un avión de papel, o el agujero que taladra en la pared la mirada más larga. Siempre dejan un rastro, señales, recuerdos, flotando alrededor de la ventana. Tal vez a propósito, tal vez sin querer, pero siempre queda algo que les recuerda que existió un pasado en el que no había ventana
Un día, él decide cerrar la ventana, correr las cortinas y bajar las persianas para que no entre más verano en su habitación. El verano es peligroso, se dice.
Ella se despierta una mañana de otoño y comprueba que en su mitad tampoco hay luz, sino oscuridad.
Coge una linterna y se acerca a la ventana, ilumina sus huellas sobre el cristal y sí, siguen ahí, así como los agujeros en las paredes que en su día hizo la mirada más profunda que ella hubiera visto nunca. Se sienta en el suelo, y no entiende nada. Su persiana está subida, de día y de noche, y su ventana abierta para gritar en caso de emergencia. Ahora si grita nadie la escucha, si abre la ventana no pasa el aire, y... ni siquiera puede asomarse para ver si él está bien, o si necesita algo, o si quiere enviar más aviones. Los aviones...verdes y repletos de guiños, descansan todos en un rincón, a oscuras. Ella enciende una cerilla y les prende fuego, a la mierda los recuerdos, los momentos y todo lo demás. Se hace una fogata enorme de esas que dan todo el calor necesario para no congelarse en pleno invierno, de esas que alumbran e hipnotizan, sí una de esas. Sin darse cuenta, se queda dormida sobre las cenizas, sin entender, se mece en el silencio que dejan las persianas bajadas...y al despertar es otra, como un ave fénix que vuelve a nacer después de su primera combustión, ella vuelve a nacer. De repente un ruido, la persiana se sube un poco y se cuela un avión. No lleva nada escrito, está en blanco. Ella le hace una bola y lo estrella contra la pared mientras el hielo y la escarcha le muerden los dedos de los pies. En ese momento lo decide, coge sus patines, y se va.
Al otro lado, él cierra la persiana a cal y canto justo en el momento en el que se desata la tormenta del siglo. Los árboles se arrancan del suelo, la tierra se retuerce, ha llegado el huracán. él corre a tapiar la ventana con unos tablones y varios clavos para evitar que se rompa su cristal. Llueve a mares, y se levantan olas de frustración e incertidumbre. Él vaga en una balsa sin saber a donde ir, y se aleja... se aleja de la ventana. Al cabo de un tiempo el agua desaparece y el regresa a la ventana para comprobar que al otro lado todo sigue en orden y que el vendaval no ha arrasado demasiadas cosas importantes. Sube un poco la persiana y se saca un papel verde del bolsillo, lo convierte en avión, y le sopla en la parte de atrás para que atraviese la ventana. Observa como un ovillo de pelo rubio, medio congelado, se despierta, coge el avión y lo estrella con rabia contra la pared. Parece otra, más adulta; parece una estrella en medio de la oscuridad, una estrella fugaz que se aleja por la puerta de atrás. Él la ve alejarse, brillando, y le entran ganas de ir a sacudirle la ceniza de su pelo dorado, pedirle disculpas, y sin querer la mira desde atrás y le hace un agujero en la pared, uno más.
Ella se gira, atónita, cuando ya se iba, y le descubre asomado a la ventana, taladrando sus paredes una vez más. Le mira y destruye sus diques de seguridad. Se miran y se dicen todo, y ella pregunta, y el responde. Ella le enseña el agujero que tiene en el pecho, ese que un día él le hizo cuando no había ventana. Él pide disculpas y se lo cose, y le muestra cómo ha coleccionado todas y cada una de sus canciones.
Se dan la bienvenida, se dan los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches, y es justo al caer la noche cuando deciden que no pueden seguir viéndose a través de una ventana. Porque el cristal es demasiado duro y se raya, y demasiado fácil de romper de un puñetazo; pero a la vez demasiado transparente como para no ver a través de él. Y entonces acuerdan acordarse el uno del otro y levantar un muro a cada lado de la ventana, un muro de ladrillo que no permita ver huellas dactilares, ni destellos rubios, ni guantes de boxeo, ni patines.
Así lo construyeron, una barrera lo suficientemente gruesa como ambos querían que fuera, pero dejaron un agujero del tamaño de un avión de papel de color verde. Un pequeño hueco por el que dejar pasar un mensaje de socorro, un ''te quiero'' , un adiós o un ''sigo aquí''.
O tal vez la luz de una estrella fugaz, o el silencio, o una pregunta, o veintitrés respuestas.
Todos necesitamos cerrar las heridas provocadas por alguna mirada demasiado potente.
Todos necesitamos curarnos.
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